La política exterior de Sánchez deja a España fuera de la nueva estructura de defensa europea
- 4 mar
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España está quedándose fuera del núcleo que está dando forma a la nueva arquitectura de defensa europea, un proceso que no se está escribiendo en Bruselas, sino en el triángulo Londres–Berlín–París, y en el que el Gobierno de Pedro Sánchez no aparece. En este nuevo escenario de seguridad internacional, la Fundación Heinrich Böll contabiliza más de 160 acuerdos bilaterales y grupales en materia de seguridad entre países europeos —la mayoría redundantes respecto al artículo 5 del Tratado de la Alianza Atlántica y al artículo 42(7) del Tratado de la Unión Europea—, pero en ninguno figura España.
La razón de esta carrera de compromisos, según el análisis, está en la desconfianza que despierta Donald Trump tras polémicas como la de Groenlandia y su mensaje de que Europa debe acostumbrarse a defenderse con sus propios medios. En ese contexto, España solo firmó en 2022 la renovación de la presencia naval estadounidense en Rota, un acuerdo que no se considera europeo y que, a la vista de los últimos acontecimientos en la relación con Estados Unidos, tampoco se percibe como un elemento sólido para apuntalar la defensa. Mientras tanto, el movimiento más significativo sobre la mesa —la iniciativa francesa de un paraguas nuclear continental— ha sido rechazado expresamente por Pedro Sánchez, que en la Conferencia de Seguridad de Múnich lanzó un alegato contra las armas atómicas en la región.
La evolución del eje franco-alemán está marcando el paso. El discurso de Emmanuel Macron y la posterior declaración conjunta con el canciller Friedrich Merz han cristalizado en una Europa de la defensa articulada alrededor de Francia y Alemania: paraguas nuclear francés y una creciente integración de capacidades convencionales alemanas. Dinamarca ha sido el primer país en firmar oficialmente un acuerdo sobre disuasión nuclear estratégica con París. «Una cooperación más fuerte contribuirá a fortalecer la capacidad disuasoria de Europa. Desafortunadamente, esto es necesario porque se espera que la amenaza militar rusa aumente en los próximos años», anunció la primera ministra danesa, la socialdemócrata Mette Frederiksen. Su ministro de Defensa, Troels Lund Poulsen, precisó que la cooperación no incluye desplegar armas nucleares en territorio danés.
Alemania, por su parte, ya ha iniciado «preparativos» y ha aceptado crear un grupo directivo de alto nivel para alinear su estrategia con Francia, además de sumarse a ejercicios nucleares franceses e inspecciones de ubicaciones estratégicas. Todo ello mientras ambos países buscan reforzar capacidades de defensa convencional y antimisiles junto a otros socios. Esta asociación plantea desafíos para Alemania, comprometida a no desarrollar armas nucleares por el Tratado dos más cuatro y el Tratado de No Proliferación Nuclear, aunque la opinión pública alemana —tradicionalmente contraria— empieza a abrirse a esta cuestión por necesidad. A esta disuasión nuclear aspiran a sumarse, además, Reino Unido, Polonia, Países Bajos, Bélgica, Grecia y Suecia.
España, sin embargo, no figura entre los países cortejados explícitamente por París como potenciales anfitriones de medios o participantes centrales de esta nueva arquitectura. Sobre el papel, España está integrada en la defensa europea como uno de los 26 Estados en la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO), participa en numerosos proyectos —de capacidades marítimas a sistemas de mando y control— y ha defendido tradicionalmente una visión inclusiva de la defensa europea. Pero arrastra déficits políticos y presupuestarios que la empujan hacia un papel de consumidor de seguridad, y no de co-arquitecto, pese a que no es por falta de capacidad.
En el plano industrial, el potencial existe. «Somos potencia mundial en producción de fragatas. Aquí se ensamblan el A400M y el CASA C-295, íntegramente español en desarrollo y producción. Hay tecnología de defensa muy reconocida en electrónica, drones y vehículos terrestres, y buenas empresas que se internacionalizaron tras la crisis de 2008 con productos tecnológicamente avanzados y muy competitivos, que pueden convertirse en referencias europeas con más inversión», señala Rafael Ocejo, socio de McKinsey especializado en Defensa. Pero advierte: «España tiene que aumentar las capacidades de su base industrial de defensa, para que todo eso que hace muy bien sea capaz de aportarlo a Europa». De lo contrario, alerta, el riesgo será industrial y estratégico.
El aislamiento se completa con la negativa a equipararse al resto de socios de la OTAN en el objetivo del 5% del gasto en defensa. Países del Este europeo, como Polonia y los bálticos, interpretan esa distancia como una falta preocupante de solidaridad en un momento crítico. Y, como consecuencia, España se ha visto marginada en algunas discusiones de alto perfil sobre la seguridad europea: Sánchez no asistió al ‘Washington Group’, no se ha sumado a la European Sky Shield Initiative ni al Joint Expeditionary Force, y tampoco forma parte de foros regionales destacados. Analistas del Atlantic Council han atribuido este aislamiento a la «dependencia de Pedro Sánchez en la política doméstica».





















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